Recursos sociales para la acción colectiva: capital social y comunidad

Si las acciones individuales pueden tener un “efecto dominó”1 es porque todos estamos interconectados2. De hecho, esas interconexiones son más o menos estables y forman redes que podemos utilizar para generar acciones colectivas conscientemente. El estudio de la acción colectiva se conecta aquí con otro tipo de literatura científica, la del capital social.

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Castellers de Barcelona fent un 4 de 8 amb agulla. Foto: Quim Perelló.

El capital social es el conjunto de recursos del que disponen individuos y colectivos derivados de su participación en las redes sociales y que facilitan la cooperación social3. No se define, pues, por su forma o contenido exacto, sino por su función (cooperación social) y su medio de producción (las redes). Canales informales de información, obligaciones de reciprocidad, normas cooperativas informales preestablecidas, confianza, son algunas de sus expresiones. A nivel individual fácilmente se asimila a los “contactos” de la agenda telefónica de uno (o de facebook, linkedin y otros artificios similares), pero el concepto va mucho más allá y tiene, sin duda, una dimensión colectiva que es la que interesa a las ciencias sociales y, en particular, es relevante para la explicación de la acción colectiva.

“El capital social es el conjunto de recursos del que disponen individuos y colectivos derivados de su participación en las redes sociales y que facilitan la cooperación social”

Empezar por definirlo con más precisión pasa por resaltar sus diversas dimensiones (individual, colectiva) y sus semejanzas y diferencias con respecto a otros tipos de capital. No es casual que podamos situarlo junto a ellos, en tanto que supone un recurso a disposición de individuos y colectivos, como lo pueden ser el capital financiero o el físico. Como éstos, requiere inversión en tiempo y esfuerzo, y se puede hacer crecer, pero presenta importantes diferencias, fruto de su peculiar naturaleza: es un subproducto de participar en redes, difícilmente puede conseguirse directamente (más allá de un intercambio de tarjetas de visita, el capital social no se genera “buscando capital social”)4; no se puede almacenar, se pierde si no se usa; y es un bien público para los miembros de una comunidad que dispone de él: todos sus miembros podrán hacer uso de él y sus ventajas, hayan contribuido o no a su generación5.

Disponer de redes sociales y del capital social que se genera en ellas es un recurso clave que puede permitir superar los obstáculos de la acción colectiva que tan bien describe la aproximación económico-racional. En definitiva, como cualquier otro tipo de recurso, permite hacer frente a los costes que asociamos a ella. Disponer de él es, pues, clave. Se ha dicho que el capital social es el lubricante de la vida social, aquello que consigue la fluidez suficiente como para que sea posible superar los numerosos obstáculos para la acción colectiva, ya analizados.

“El capital social es el lubricante de la vida social, aquello que consigue la fluidez suficiente como para que sea posible superar los numerosos obstáculos para la acción colectiva”

Sociólogos y politólogos nos han puesto sobre la pista de su papel, a menudo, no muy visible. Los textos clásicos de Putnam (1993,1995) inauguran una nueva etapa en su estudio. Antes, Coleman (1990), con una visión más racional-económica, había dados las pautas para fijarse en el efecto de la estructura de la red (cerrada-abierta, horizontal-vertical) sobre distintos fenómenos sociales aparentemente sin ninguna relación con el capital social (fracaso escolar, comercio al por mayor de diamantes). Todos ellos nos muestran la gran influencia social de este recurso, que tanto puede examinarse desde una visión estructural (cómo la forma de la red contribuye a superar los problemas de la cooperación), como actitudinal (qué valores y expectativas tienen esta misma influencia) (Ostrom &Ahn, 2003).

Desde esa última perspectiva, sin duda destaca el papel de la confianza, tanto a nivel individual como colectivo. Recordemos cómo su ausencia es clava per explicar el equilibrio subóptimo que surge en el dilema del prisionero. Margaret Levi (2000) la define así: un individuo que confía es aquel que invierte poco en supervisar y hacer que se cumplan los acuerdos de los que cree que se beneficiará. Es decir, se ahorra los costes de la seguridad, que pueden resultar inasumibles y hacer imposible el bien colectivo o compartido, cuestión especialmente impòrtante en mercados o relaciones de información asimétrica (médico-paciente, vendedor-comprador) (Akerlorf, 1979). Los estudios sobre confianza nos muestran como, en ocasiones, la confianza particularizada, que uno tiene hacia aquéllos que forman parte de su misma red, donde el free-rider puede ser fácilmente detectado y perseguido, puede dar paso a una confianza generalizada, inespecífica (que no depende de marcas que informan de la red concreta de pertenencia), y que puede pasar a tener rasgos culturales y definir grandes grupos donde ya no es posible una expectativa racional entre desconocidos6. Esta confianza define sociedad y, de nuevo, puede ayudarnos a explicar las diferencias observadas entre países en lo que respecta a sus niveles de cooperación y de acción colectiva o su ausencia (Hardin, 2002; Putnam, 2003). Como alguin ha dicho: la confianza es el petróleo de los países sin petróleo7

“Un individuo que confía es aquel que invierte poco en supervisar y hacer que se cumplan los acuerdos de los que cree que se beneficiará”

La confianza hace, pues, asumibles inversiones en cooperación y acción colectiva porque no hay que invertir en seguridad, en controlar previamente el free-riding, lo que es siempre caro. Por otra parte, y al mismo tiempo, la seguridad expulsa la confianza. Allí dónde hay control explícito, ¿para qué confiar? Algo parecido ocurre cuando distinguimos entre motivaciones intrínseca y extrínsecas para cooperar. Mientras que las primeras son aquellas que se generan a partir de la coherencia con una identidad (una manera de ser o de hacer). Pues bien, a menudo, donde funcionan las motivaciones extrínsecas ya no es posible que se den motivaciones intrínsecas, y viceversa, como se han encargado de testimoniar, por ejemplo, las diferencias políticas sobre donación de sangre de los diversos países8

“La seguridad expulsa la confianza”

Las diferentes estrategias de solución a los problemas de cooperación y generación de acción colectiva tampoco acostumbran a ser agregativas, sin más. No siempre pueden sumar para aumentar su efecto. Al contrario. Unas pueden dificultar las otras, especialmente si provienen de ámbitos distintos de solución y recursos. Desde la ciencias política se han distinguido básicamente tres de estos ámbitos: el mercado, el estado y la comunidad. En el primero se da la máxima descentralización de las soluciones, que se fundamentan en los incentivos, mientras que el estado representa la solución centralizada, un único actor regulador que puede imponer, coordinar y contribuir a superar dilemas sociales9. A medio camino, en una posición intermedia, la comunidad, la gran desconocida, hasta que la primera, y por el momento, única mujer laureada con un premio Nobel de economía, Elinor Ostrom, nos revelara toda su importancia.

Durante mucho tiempo, para los politólogos solo existía el Estado. Desde Hobbes el ámbito más adecuado para perseguir al free-rider. La solución política por antonomasia. Pero allí donde no ha existido esta solución centralizada también ha habido estrategias institucionalizadas con las que hacer frente al gorrón, fórmulas exitosas, especialmente, de gestionar los bienes comunes (bosques, regadíos, pesquerías, etc.). Tradicionalmente allí donde no ha llegado el estado ha llegado la comunidad. Analizar sus mecanismos para la organización de la cooperación y la acción colectiva resulta de gran interés y pueden ser extrapolables a otros ámbitos y momentos (Ostrom, 1990; Ostrom & Ostrom, 2014).

“Tradicionalmente allí donde no ha llegado el estado ha llegado la comunidad”

Si acotamos de forma muy precisa lo que cabe entender por comunidad podemos demostrar teóricamente que las relaciones que se producen en su seno no quedan bien formalizadas por un dilema del prisionero, sino más bien por uno de coordinación (juego de la gallina, o de la caza del ciervo)10. Taylor (1987) así lo hace cuando presenta una comunidad como un colectivo con unas creencias y valores comunes (con una cierta homogeneidad o consensos de partida), en el que se dan relaciones directas y multidimensionales, en el seno del cual se practica algún tipo de reciprocidad generalizada o equilibrada11. En estas circunstancias, la repetición (y una inicial cooperación condicionada) pueden permitir superar un potencial dilema del prisionero. Pero a nadie se le escapa que estos rasgos son muy restrictivos y limitan considerablemente el tamaño del grupo donde se puedan dar12. Alejándose de este tipo de ideal weberiano, pero compartiendo con él algunas de sus características, la escuela de Ostrom topografía los múltiples ejemplos repartidos por todo el mundo, de comunidades reales que, con estrategias institucionales diversas, han conseguido superar los problemas de la acción colectiva.

Instituciones para la gestión de prados, de riegos, de pesquerías, de bosques, incluso para el trabajo comunitario (los comuns en Andorra, el tribunal de las aguas de Valencia, el auzolan en Euskadi, etc.) demuestran que es posible superar la tragedia de los comunes con un sistema institucional adecuado. El “truco”, a menudo, pasa por abrir el concepto de propiedad, y ampliar el número de posibilidad que se pueden dar a la hora de reconocer un derecho sobre un bien, intermedias entre la propiedad privada convencional (poseer el control completo sobre un bien) y la pública. Entre ambos extremos pueden proporcionarse derechos que restringen el acceso al bien, o posibilitan su usufructo o el de los productos que genera, hasta un cierto límite, sin ceder su control pleno, a los que hoy estamos un poco habituados, con una concepción muy restrictiva y unidireccional de lo que significa “ser propietario de”. En este sentido, parece como si hayamos perdido cierta habilidad social para lidiar con el problema de la tragedia de los comunes en un marco mental y político que entiende la propiedad en términos absolutos y en el que, la intervención del estado, hace menos necesaria la organización comunitaria para conseguir bienes comunes13

“Parece como si hayamos perdido cierta habilidad social para lidiar con el problema de la tragedia de los comunes en un marco mental y político que entiende la propiedad en términos absolutos y en el que, la intervención del estado, hace menos necesaria la organización comunitaria para conseguir bienes comunes”

Las soluciones institucionales que incentivan un determinado tipo de comportamientos (ya se hayan producido en el ámbito del estado, el mercado o la comunidad) pueden pasar a transformarse, con el tiempo, en normas, útiles y estables, incluso en ausencia del entramado institucional que las generó, con las que se pueden superar igualmente problemas de acción colectiva. Es lo que ha venido a denominarse la “racionalidad de las normas”. Estos sistemas de valores resultantes (que podríamos considerar como “fósiles” de un cierto equilibrio institucional), también contribuyen a explicarnos las diferencias observadas entre países, con culturas más o menos eficaces, más o menos útiles, para hacer frente a los problemas de la cooperación (Gächer et al., 2010).

Jaume López, Profesor de Ciencia Política en la Universitat Pompeu Fabra.

Este texto proviene del manual:

  • BARREDA, M.; RUIZ, L.M.; et al. (2016). Análisis de la política. Enfoques y herramientas de la ciencia política. Barcelona: Huygens Editorial.

1Efecto carambola o pinball: las acciones individuales tienen un impacte colectivo a través de su estructura en redo (lo que podríamos denominar la versión social de la teoría del caos). El efecto arrastre, en la generación de acciones colectivas, podría considerarse un subtipo de este efecto más general.
2Diversos experimentos han llevado a concluir que vivimos «enredados» en un «pequeño mundo» 8Milgram, 1967) donde parece posible alcanzar a cualquier persona con un máximo de seis interconexiones (Watts, 2003).
3En algunos casos la conexión entre red social y recurso es del todo explícita. En la cultura china, por ejemplo, tener buen guanxi es disponer de una red social de influencia que puede ser de ayuda para resolver un problema.
4Con la perspectiva que nos ofrece el capital social puede entenderse por qué la misa dominical en la que se encuentran la mayoría de habitantes de un pueblo tiene un efecto social que va mucho más allá de los que se escuche en el interior de la iglesia, o por qué una fiesta mayor no es solo una cuestión de ocio.
5Resulta muy fácil aprovecharse de la confianza que reina en una comunidad y facilita la vida social. Esto explica, desde una perspectiva racional, la prevención que muestra toda la comunidad humana a incorporar nuevos miembros. Su examen previo es una manera de proteger el capital social de la misma, que podría ser explotado por cualquier free-rider. Naturalmente, existen explicaciones alternativas, no racionales, de la endogamia grupal y la tendencia humana hacia la exclusión del diferente.
6La confianza particularizada suele asociarse con una confianza racional, puesto que es fruto de expectativas calculadas sobre el comportamiento de los demás. En cambio, la confianza generalizada suele concretarse con valores culturales que van más allá de un cálculo específico sobre la probabilidad de no ser engañado.
7Desde una perspectiva, la nacionalidad puede concebirse como un marcador de solidaridad, asociado a unos valores y expectativas de comportamiento comunes sobre los que se ha desarrollado (o no) una confianza generalizada (inespecífica dentro de esta comunidad).
8Allí donde las donaciones son pagadas se hace difícil apelar a la solidaridad social. De hecho, los países donde las donaciones son más altas está prohibido que se pague por ellas.
9El grado de centralización viene dado por la posibilidad de que la iniciativa para poder diseñar o modificar los elementos que inciden sobre el sistema institucional (incentivos, creencias, actitudes) sea más o menos dominada por un actor. Con esta visión, pueden establecerse paralelismos, de entrada, curiosos como el que puede existir entre el estado y la mafia en algunas regiones italianas (Gambetta, 1991). Ambos suponen una solución descentralizada a problemas de acción colectiva, utilizando la monopolización de la violencia y buscando garantizar la confianza dentro de su ámbito monopolístico. En el caso de la mafia se trata de una confianza más partiuclarizada (un extranjero puede confiar en el servicio que le proporciona otro estado del que no es nacional).
10En el juego de la gallina el orden de preferencias viene fijado por la histporia de dos conductores que se retan a un juego mortal: una carrera hacia un precipicio para ver quién tarda más en frenar (y no se precipita al vacío), demostrando su valentía. El orden de preferencias sería: que el otro frene antes que yo, que los dos frenemos al mismo tiempo (no habrá ni vencedor ni vencido), que yo frene antes que él, que nadie frene (no habrá vencedor ni vencido, pero tampoco nadie para contarlo). En la caza del ciervo, por su parte, se trata de un grupo de cazadores que necesitan actuar por su cuenta para cazar pequeñas piezas (un conejo). El orden de preferencias es: que todo el mundo colabore y se consiga cazar el ciervo, no colaborar mientras los demás lo intentan y dedicarse a la caza del conejo sin competencia, dedicarse a la caza del conejo cuando todos los demás también lo hacen y, finalmente, intentar cazar al ciervo sin la colaboración de los demás.
11Relaciones no medidas (en las que todo el mundo tiene relación con todo el mundo, sin intermediarios); y donde los miembros del grupo se relacionan, al mismo tiempo, en esferas sociales distintas (se conocen, por ejemplo, porqué llevan a sus hijos a la misma escuela, o asisten a la misma ceremonia religiosa, pero también a través de sus respectivos ámbitos profesionales. Entre ellos, los intercambios son siempre cuantificados y cerrados al instante (en forma de pago o trueque).
12Conectando estas condiciones teóricas con el conocimiento proporcionado por la antropología y la sociología e, incluso, por otras disciplinas de las ciencias naturales como la neurociencia o la biología, se nos aparece la cifra «mágica» de 150 individuos, también conocida como «número de Dunbar».
13Una consecuencia poco prevista del estado de bienestar es su impacto sobre las redes que tradicionalmente han sido útiles para proporcionar bienes y servicios desde la comunidad, ya sea la organización de una fiesta mayor o un servicio de bomberos voluntarios. La necesidad de hacer frente a unos objetivos que no cubría el estado contribuía a generar capital social. En la actualidad, un estado prestador de servicios (de modo más profesional que en la esfera del voluntariado) debería, a la vez, facilitar las condiciones para que la comunidad se refuerce por otras vías.

Bibliografia:

  • AKERLORF, G.A. (1979). The Marker for ‘Lemmons’: Quality Uncertainy and the Market Mechanism. The Quarterly of Economics, 84 (3), 488-500.
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  • GÄTCHER, S., HERRMANN, B., THÖNI, C. (2010). Culture and Cooperation. CESIFO Working Paper, 3070.
  • HARDIN, R. (2002). Trust and trustworthiness. Nova York: Russell Sage Foundation.
  • LEVI, M.; STROKER. L. (2000). Political Trust and Trustworthiness. Annual Review of Political Science, 3, 475-507.
  • OSTROM, E. (1990). Governing the Commons. The Evolution of Institutions for Collective Action. Nueva York: Cambridge University Press.
  • OSTROM, E.; AHN, T.K. (2003). Una perspectiva del capital social desde las ciencias sociales: capital social y acción colectiva. Revista Mexicana de Sociología, 65 (1), 155-233.
  • OSTROM, E & V. OSTROM. (2014). Choice, rules and collective action. The Ostroms on the study of Institutions and Governance. Colchester: ECPR Press.
  • PUTNAM, R.D., LEONARDI, R., NANETTI, R. (1993). Making Democracy Work: Civic Traditions in Modern Italy. Princeton: Princeton University Press.
  • PÙTNAM, R.D. (199). Bowling Alone: America’s Declining Social Capital. Journal of Democracy, 6 (1), 65-78.
  • PUTNAM, R.D. (2003). El declive del capital social. Un estudio internacional sobre las soceidades y el sentido comunitario. Barcelona: Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores.
  • TAYLOR, M. (1987). The possibility of Cooperation. Cambridge: Cambridge University Press.

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