Cómo los laboratorios ciudadanos pueden cambiar tu vida

En plena era de la postmodernidad y del acomodamiento del liberalismo tras la crisis del 2008, algunas son las fuerzas que tratan de resistir ante la incesante oleada de individualismo, precarización y retroceso en los derechos laborales que vivimos. Una de ellas son los laboratorios ciudadanos, uno de los últimos reductos en los que la cooperación, la solidaridad y el bien colectivo prevalecen por encima del enajenamiento social y la mercantilización de lo común.

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Los laboratorios ciudadanos son la puerta de entrada al ecosistema internacional de la innovación igualitaria. Foto: MediaLab Prado/Maria Castelló.

La economía social, la innovación, el cooperativismo, la formación, el emprendimiento y la experimentación estructuran estos nuevos instrumentos que las administraciones locales están poniendo al servicio de la gente. Los laboratorios ciudadanos, también llamados Labs, pueden ser definidos como espacios de innovación y colaboración que ponen al ciudadano en el centro de su funcionamiento, interconectándolo con el mundo de la academia, la industria y las políticas de ciencia y tecnología. Esta interconexión, más allá de ser un simple modelo de relación ciudadanía-administración, supone un paso adelante en el desarrollo económico y en el mundo de la innovación social.

Hasta el momento, la relación clásica para innovar desde lo público se había basado en el llamado modelo de la triple hélice (Colobrans, 2010), que interconectaba los tres elementos citados: academia, industria y administración. Gracias a los laboratorios ciudadanos, se ha conseguido evolucionar hacia la nueva cuádruple hélice (Serra, 2010), situando a la gente como uno de los elementos tractores de este mecanismo, siendo beneficiarios y a la vez impulsores de los avances tecnológicos que marcan nuestro día a día.

Más allá de las implicaciones sociopolíticas de este nuevo modelo, hay que constatar la madurez en la que se encuentra, con redes nacionales e internacionales de laboratorios ciudadanos que ponen de manifiesto dos cosas: que hay alternativas al desarrollo tecnológico privado, y que el poder de los municipios en la era de la globalización es cada vez mayor.

“Hay alternativas al desarrollo tecnológico privado, y el poder de los municipios en la era de la globalización es cada vez mayor”

En España encontramos ejemplos de laboratorio ciudadano como el de CitiLab en Cornellà de Llobregat (Barcelona), La Colaboradora en Zaragoza o el MediaLab Prado en Madrid, entre otros, laboratorios ciudadanos sustentados con fondos públicos que conviven con el modelo privado representado por otros laboratorios como los de la red ImpactHub, que ofrecen a sus socios, previo pago de una cuota mensual, diferentes tipos de membresía y espacios para desarrollar su actividad, al a vez que una red internacional de laboratorios ciudadanos y socios con los que trabajar.

Por otro lado, el modelo de laboratorio ciudadano público basa su actividad y funcionamiento en el retorno social de sus proyectos, enfatizando la necesidad de generar un impacto social positivo en la comunidad y en el emplazamiento en el que se encuentra cada uno de estos Labs.

Esta dinámica diferenciada entre el modelo privado y el público pone de manifiesto como los municipios han sabido entrar en un ecosistema internacional sin aparecer en él como un competidor contra los actores ya existentes, sino como un ente colaborador que basa su actividad en potenciar lo cercano para impulsar así una red más amplia que permita a los ciudadanos entrar en contacto con una realidad transgresora y vanguardista capaz de impulsar sus habilidades y su capital social para otorgarles una mejor calidad de vida.

Se presenta entonces el modelo de laboratorio ciudadano público como una alternativa a la corriente del emprendimiento individual que nace y muere en uno mismo. Estos labs han conseguido hackear el sistema liberal hablando su mismo lenguaje, entendiendo que el progreso pasa por la innovación, y que la innovación necesita de método, creatividad y colaboración. Elementos que, para crear, necesitan de su espacio y, como no, de un presupuesto inicial, que las administraciones públicas han sabido construir, compartir y otorgar a sus vecinos.

Al mismo tiempo, otro de los rasgos que caracteriza estos laboratorios ciudadanos es su polivalencia y capacidad de adaptación, cualidades que transmiten a sus proyectos y, por ende, a sus miembros. En un mercado laboral marcado por la volatilidad y la temporalidad del empleo, cada vez es mayor la demanda de perfiles polivalentes que sepan usar diferentes herramientas sin ser expertos en ninguna de ellas; nos encontramos ante el auge del perfil que en Estados Unidos llaman jack of all trades and master of none; oficial de todo y maestro de nada.

“Otro de los rasgos que caracteriza estos laboratorios ciudadanos es su polivalencia y capacidad de adaptación, cualidades que transmiten a sus proyectos y, por ende, a sus miembros”

Anticipándose a esta nueva realidad, los laboratorios ciudadanos se han convertido en el marco idóneo para que la ciudadanía pueda obtener estos conocimientos diversos que le darán trabajo o mejorarán su posición en el día de mañana, con cursos ofrecidos por especialistas en la materia o por otros miembros de la comunidad, que ofrecen sus conocimientos altruistamente o a cambio de recibir otros más adelante. Además, estas formaciones comunitarias aportan un valor añadido que el modelo de formación convencional aún no ha alcanzado, y es el principio de igualdad entre maestro y alumno. En el lab, hoy ofrecerás tus conocimientos y mañana los recibirás de otro, y esta horizontalidad fomenta la creación real de vínculos entre sus miembros y el consecuente aumento del capital social que posee cada uno de ellos, vital para su futuro en el mercado.

Como decía Zygmunt Baumann, autor de Modernidad Líquida (Baumann, 2016) y uno de los padres del concepto de postmodernidad, vivimos marcados por el principio de otredad y alteridad. El primero se centra en que nos adueñamos del otro, tratando de que adopte nuestras ideas y nuestra forma de ver el mundo. El segundo se refiere a que más allá de nuestro círculo reducido de conocidos, todo nos es extraño, y pocos son los espacios en los que interactuamos altruistamente a nivel social. Así pues, vivimos en una polaridad centrada en el yo, en la que o poseemos o nos enajenamos.

Los laboratorios ciudadanos han conseguido quebrantar esta lógica, y hacernos ver el potencial de la colaboración, que nos permite alcanzar objetivos que por nuestros propios medios seríamos incapaces de conseguir. Ya no se trata de ser el mejor o el primero, sino el que llega más lejos y de manera más eficiente. En los labs se alcanza este objetivo, y se ofrecen las herramientas y el espacio para conseguirlo. Unir para sumar, cooperar para crear y colaborar para crecer. Estos valores, que parecían ya caducos, están consiguiendo hacerse un hueco para recuperar la libertad, la igualdad y la fraternidad que hace ya tiempo resistieron a los vicios del individualismo para conseguir un cambio social en pro del bien común.

Gabriel Navales es politólogo y periodista. Manager Communications para la Richi Childhood Cancer Foundation y Comunicador Técnico en el Ayuntamiento de Gavà (@gnavalpo).

 

Bibliografía:

-Artur Serra. (Enero-Febrero de 2010). Citilabs: ¿Qué pueden ser los laboratorios ciudadanos?. Revista La Factoría, 45-46.

-Jordi Colobrans. (Enero-Febrero de 2010). De la triple hélice a la innovación social: ¿Qué está ocurriendo en el citilab de Cornellà?. Revista La Factoría, 45-46.

-Zygmunt Bauman. (2016). Modernidad Líquida. Madrid: S.L. Fondo de Cultura Económica de España.

 


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